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El futuro del periodismo como profesión democrática en América Latina

Es frecuente encontrar en las universidades latinoamericanas una visión poco esperanzadora del ejercicio del periodismo, y del periodismo como institución democrática.  Por supuesto, como todas las grandes instituciones democráticas el periodismo tiene las huellas digitales de cada país. No es fácil hacer una teoría que abarque el periodismo en todos los países, de la misma forma que es difícil hacer una teoría parlamentaria mundial.

Pero esta visión escéptica y crítica en nuestras universidades es bastante coherente con lo que piensan en general los políticos latinoamericanos y gran parte de sus intelectuales.

Esta tradición crítica no es nueva, no la inventó el llamado nuevo socialismo de Hugo Chávez en 1999.

Esta tradición critica acompaña al periodismo desde su origen, desde su fundación como actividad y luego como profesión. La crítica obviamente se agrava cuando el periodismo se convierte en una poderosa actividad económica a fines del siglo 19 y principios del siglo 20.

Está basada en la convicción de que la política y la economía gobiernan más al periodismo que sus estándares profesionales.

No es una crítica que pueda atribuirse a una zona ideológica determinada. Las críticas han sido crecientes tanto desde la izquierda como desde la derecha, o desde el centro, o de cualquier clasificación que ustedes prefieran. En síntesis, la clase política en general ha aumentado su cuestionamiento al periodismo.

Hay innumerables autores y documentos que nos servirían para ilustrar esta tradición critica. Yo elegí dos informes de las últimas décadas que nos dan el marco general de esta visión.

El primero es el célebre informe de la Trilateral Commission, elaborado en 1975, y que lleva por título principal “La crisis de las democracias”. En ese informe, algunos de los principales intelectuales de ese momento coinciden en decir que los gobiernos tienen mucha responsabilidad y poco poder, y los medios tienen mucho poder y poca responsabilidad. El periodismo construye sus eventos con la lógica de la mayor audiencia posible y eso obliga a las figuras públicas a actuar para esa audiencia, y no en concentrarse para obtener resultados reales.  La prensa priva a los gobiernos del tiempo, de la tolerancia y de la confianza, necesarias para gobernar, y hace muy difícil escapar al torbellino de las relaciones públicas y poder abocarse a los problemas básicos.

Por eso, el informe de la Trilateral recomienda “restaurar el balance entre el gobierno y los medios de comunicación”. Dice que en los años recientes se produjo “un crecimiento inmenso en el alcance y en el poder de los medios” y, en gran medida por el creciente poder de los periodistas frente a los dueños de los medios, también una actitud cada vez más crítica hacia los gobiernos y los funcionarios (Crozier, 1975).

El segundo informe que quiero citar es latinoamericano y fue presentado en el 2004, realizado por el PNUD, y su título es “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”. Se condensa de alguna forma toda una visión crítica que creció en los noventa del siglo pasado. Allí se describe un escenario regional donde “poderes fácticos” condicionan el “poder de las instituciones políticas” y, más específicamente, de los “poderes constitucionales”.

El estudio llega a afirmar que los “tres riesgos principales que podrían amenazar el buen funcionamiento del orden democrático” son las distintas formas de poder económico, la amenaza del narcotráfico y los medios de comunicación (PNUD, 2004). Uno de los principales responsables de ese informe, Dante Caputo, expresó que “la percepción (es) de que el poder está en otro lado y parte de ese otro lado son los medios de comunicación”. Ese sería según él “uno de los temas donde probablemente se juegue en gran medida (…) el futuro de la democracia” (Caputo, 2005).

 

Otra vez la discusión sobre los efectos

En los años previos al informe del PNUD el mundo académico había vuelto a la discusión sobre los efectos potentes, en gran medida por la suma de la globalización, la discusión sobre la videopolítica, y la valorización de la función cognoscitiva, a partir de la cual los medios serían muy relevantes en nuestra construcción de imágenes sobre la realidad (Mauro Wolf, 1994). En esos años, la política había abrazado la lógica de los medios con mucha fuerza, incluso a veces con más convicción que los propios medios (Blair, 2007; Riorda, 2017).

La centralidad que fueron tomando los expertos en comunicación  y la obsesión de muchos políticos por su imagen mediática, eran el resultado de ese sentido común de época sobre la omnipotente importancia de los medios de comunicación. Era también una centralidad del ciudadano en el sillón del living, frente a su presencia en la calle y la plaza. Esto se correlacionaba con un deterioro de las instituciones tradicionales, como el parlamento o los partidos políticos, por la disolución de las identidades políticas sólidas, que algunos consideraban efecto del creciente poder de la lógica mediática.

Esa matriz de opinión es la que los gobiernos han sostenido en general sobre el periodismo en estos últimos años –en América Latina pero también en las democracias del norte. En el año 2007 me enteré de un enfático discurso crítico sobre el periodismo del nuevo laborista Tony Blair a través de una cita elogiosa de Rafael Correa (Blair, 2007). En esos mismos años, Barack Obama escribió en sus libros de campaña argumentos críticos que resonaban parecido (Obama, 2009).

Esa matriz de opinión es bastante coincidente más allá de la orientación que tenga el gobierno. Piensan más o menos lo mismo sobre el periodismo y los medios. Tienen una matriz de opinión común sobre el actor mediático, pero lo que cambia es su matriz de acción. Los gobiernos actúan distinto frente a los medios según el desarrollo democrático de cada país y la calidad democrática del propio gobernante.

En algunos países los gobiernos solo critican y disputan en la conversación publica frente al periodismo; en otros países, los gobiernos también agravian y toman represalias contra ellos. En ese momento, ya están cruzando la línea en la que se encienden las luces de alerta sobre el ejercicio de la libertad periodística.

En algunos países, los presidentes se mantienen en la fase democrática de la crítica, que es el cuestionamiento a los periodistas; en otros, los presidentes avanzan en la fase autoritaria de la crítica, que consiste en deslizarse hacia el agravio y la represalia contra ellos.

El deslizamiento de la fase democrática de la crítica hacia la fase autoritaria del agravio y de la represalia tiene impacto en la calidad democrática. Cuando estamos en la fase del agravio y la represalia, la libertad periodística comienza a ser restringida en forma ostensible.

En América Latina, la libertad de expresión es para todos los ciudadanos, la libertad de prensa es para los dueños de los medios, y la libertad periodística es para todos los periodistas. En nuestra región tenemos solo burbujas de libertad periodística, en algunas redacciones, y en algunas ciudades. Si analizamos en detalle la distribución geográfica de esas burbujas de libertad periodística, podríamos ver como existen provincias, departamentos, estados regionales enteros, en los que hay una libertad de expresión muy reducida. También en la libertad periodística, los latinoamericanos tenemos una distribución muy desigual. Los poderes políticos, económicos o criminales, distribuyen sus mordazas por el territorio y en muchos lugares constituyen microdictaduras donde no existe libertad periodística. Somos países noruba, que tienen en su interior zonas con la libertad de expresión de Noruega y otras con las de Cuba.

En una reciente investigación sobre la historia de las guerras mediáticas argentinas, queda muy claro como el proceso de deslizamiento de la etapa democrática a la autoritaria produce no solo la limitación de la libertad de expresión sino también la seria  desestabilización de los otros derechos políticos básicos (Ruiz, 2014)

Pero más allá de la matriz de acción, la matriz de opinión es similar: existe un complejo mediático en la sociedad que absorbe la actividad política, la deforma, y la degrada. Recuperar la política para los políticos sería entonces una forma de profundizar la democracia y aumentar su calidad.

En especial, de defender la gobernabilidad, que parece el punto central de los dos informes citados: como asegurar la gobernabilidad de las democracias.

 

Una buena noticia para los políticos

Tenemos una buena noticia para los políticos, en especial los latinoamericanos: el periodismo está en un proceso de “marginalización” de su poder (Donsbach, 2014) y “resquebrajamiento” de su lugar central en la esfera pública (Waisbord, 2017). “De haber tenido un lugar claro y privilegiado en la división social del trabajo informativo, el periodismo ha pasado a ocupar un lugar indeterminado en la ecología comunicacional actual”, nos dice Silvio Waisbord (Waisbord, 2017). Lo opuesto de lo que todavía muchos posiblemente creen. De hecho, en mi país en una encuesta realizada en el 2016, los argentinos respondieron que creen que los medios tienen más poder que el gobierno (Ramírez, 2016).

Si, como dice el intelectual y ex político canadiense Michel Ignatieff, ”narrar, controlar e imponer tu historia a la opinión pública constituye la tarea esencial de todo aquel que se presente a un cargo público”, el periodismo es un poco menos relevante para cumplir ese objetivo (Ignatieff, 2014).

Ese complejo mediático que trozaba la actividad política filtrando con sus criterios qué era visible y qué no, que era aceptable y qué no, qué era legítimo y qué no, ahora está perdiendo centralidad. Los columnistas son menos importantes. La televisión es menos relevante.

Lo que está pasando es que está en revisión el selecto grupo de medios y periodistas que eran los relevantes para su influencia en la vida pública.

Con la revolución digital, esa especie de senado mediático, está corriéndose del centro de la escena. Han perdido el monopolio de ser la fábrica de la fama pública.

Hoy la principal agencia de noticias del mundo no se llama Associated Press, ni Reuters, ni Prensa Latina. Se llama Twitter.

El principal medio de comunicación social mundial no se llama CNN, ni BBC, ni The New York Times. Se llama Facebook.

La principal agencia de fotoperiodismo no se llama Magnum. Se llama Instagram.

Todos estos nuevos reyes del mercado de medios fueron creados en los últimos diez años.

Por lo tanto, en estos últimos años hemos visto la gran paradoja de que muchos políticos inflaban un factor de poder que en realidad estaba en una pendiente de deflación política. Ellos mismos lo han podido comprobar. Muchos de los gobernantes que criticaron en forma permanente a los medios de comunicación se han cansado de ganar elecciones. ¿Era entonces el periodismo un superpoder, o eran tigres de papel?

La política y la academia, que todavía no pudo procesar el impacto de la televisión sobre la vida pública (Sartori, 1998), ahora tiene que responder a este nuevo impacto de la revolución digital.

Esto no quiere decir que el periodismo haya dejado de materializar hechos políticos. Eso no es realista. Todos sabemos que no es así, y que todos los días somos testigos de nuevos hechos políticos provocados por el periodismo. Además gran parte de las acciones de un gobierno son acciones en los medios, y eso lo podría demostrar la cantidad de horas dedicadas por los funcionarios a influir en los medios. Pero es posible que lo haga en menor medida y con menor intensidad que en años anteriores. Todas las semanas en nuestros países hay hechos políticos producidos por los medios, materializados por ellos, es claro que tienen influencia para definir el ambiente político, explicar el contexto, regular el clima político, la agenda, y pueden generar olas de opinión. Pero todo eso lo hacen ahora en un contexto mucho más fragmentado y disputado, donde no están solo sus voces exclusivas.

La actividad política de una época esta siempre atravesado por el ecosistema mediático. Desde allí se define cómo se hace la política, donde y como se delibera, y a qué velocidad y a qué ritmo circula la política. Una revolución en los medios de comunicación es también una revolución en las formas de hacer política. Este es un proceso que se produce a distinto ritmo en cada región de cada país, pero está  ocurriendo en todos.

De acuerdo a Donsbach, la marginalización del periodismo se percibe en dos cambios centrales (Donsbach, 2014):

  1. La proporción de contenidos producidos por periodistas profesionales ha declinado en el total de actos de comunicación públicos y semipúblicos.
  2. Retrocedió drásticamente la proporción del conocimiento global que las personas poseen de aquella parte de la realidad que no está basada en su experiencia personal, y que les era transmitida por periodistas profesionales.

Aquella expresión de Antonio Gramsci de que el periodismo es la principal escuela de los adultos quedo desactualizada. Internet ofrece todo al adulto para informarse, y la mayoría no tiene que ver con periodismo. Para las personas, el periodismo ha perdido relevancia.

Donsbach nos alerta sobre las dos consecuencias principales para la vida pública de esta marginalización:

-Tenemos informaciones menos validadas. Dice Donsbach que la validación periodística consiste en la verdad, la relevancia y las relaciones que explican esas informaciones veraces.

-Tenemos menos conocimientos socialmente compartidos con el resto de los ciudadanos, lo que a mí me gusta llamar la base informativa común (Ruiz, 2014). Donsbach dice que para que una sociedad “pueda funcionar los ciudadanos necesitan contar hasta cierto punto con un reservorio de conocimientos, de experiencias y de valores compartidos. La República de Weimar, fundada en la década de 1920, carecía de esta coherencia, en parte debido a la combinación entre medios sesgados y una conducta fuertemente selectiva” (de las audiencias) (p. 73). (Donsbach, 2014)

Eso también lo decía Obama antes de ser presidente: “La ausencia de un mínimo acuerdo sobre los hechos hace que cualquier opinión valga lo mismo y, por tanto, elimina las posibilidades de un compromiso sensato” (Obama, 2009).

En nuestros países polarizados de América Latina, podemos hablar con personas del mismo país que literalmente viven en distintos países. No solo tienen opiniones radicalmente distintas, lo que es bueno porque demuestra pluralismo, pero el problema es que tienen hechos completamente distintos. De esa forma, no hay punto de contacto posible en una deliberación democrática. Se discute si creció o no la economía en un año, si creció o no la pobreza, si hay o no déficit fiscal, si ha crecido o no la deuda externa, si existe o no deuda con los jubilados, cuáles son los indicadores de ausentismo en el gremio docente. La respuesta depende del alineamiento político de cada uno.

Ese mínimo acuerdo sobre los hechos, que pedía Obama, es un mínimo necesario para la convivencia democrática.

Las burbujas comunicacionales y las cámaras de eco, van produciendo ese adelgazamiento de nuestra base informativa común. Hasta Facebook ahora quiere trabajar para poder evitar la pérdida de “una comprensión común” de los asuntos públicos (Zuckerberg, 2017)

Esa sería la primera paradoja: la política considera que los medios tienen un enorme poder, en el mismo momento en que este se les está yendo de las manos.

Quiero agregar la curiosidad de que las grandes series de ficción sobre la política actual tampoco se han hecho mucho eco de la marginalización del periodismo, como se puede ver en House of Cards, Scandal o Marsella, donde los periodistas siguen siendo actores claves de la trama. Por lo tanto no se si los periodistas tendrán mucho trabajo como periodistas, pero quizás tienen un futuro mejor como actores.

 

Ideas y herramientas para el periodismo cívico

Hay una segunda paradoja de la historia que quiero remarcar. Durante los años ochenta y noventa del siglo pasado creció con fuerza la idea de que el periodismo debía ser ciudadano, participativo, público, cívico, y los medios tradicionales hicieron movimientos de elefante para tratar de empaparse en alguno de esos adjetivos. En algunos países y en algunos periodistas, ese movimiento tuvo más fuerza que en otros. El objetivo era intentar reconectar al periodismo con la comunidad, en la que parecía crecer la indiferencia y la desconfianza frente a los asuntos públicos (Schudson, 1998).

Esa reflexión tuvo varios orígenes que tuvieron que ver con la creciente brecha de confianza entre los públicos y las instituciones, pero también con una reducción en la venta de diarios, y cierto agotamiento en el crecimiento de las audiencias. Es decir, la crisis en el consumo de medios ya estaba instalada como problema antes del tsunami de internet.

En este contexto, desde el periodismo y la academia comenzó a producirse una literatura sobre una refundación conceptual del periodismo para conectar otra vez a los medios con las audiencias y a las audiencias con las instituciones. Se llamó el periodismo cívico, o público, o ciudadano. Tenía  que ver con convertir a la institución periodismo es un poderoso órgano promotor de la conversación colectiva  (Alvarez Tejeiro, 1999).

Pero la paradoja es que, en los años posteriores a ese brote intelectual, la revolución digital comenzó a ofrecer aceleradamente las herramientas para hacer posible ese nuevo periodismo. Primero crecía tímidamente hacia fin de siglo, y como un tsunami a partir de la primera década del siglo xxi, llegando a un estallido incontenible con la asociación entre celulares y redes sociales. Cada ciudadano que tenga acceso a un móvil y a internet, tiene en su mano una imprenta, una emisora de radio y una señal de televisión. Eso antes valía varios millones, ahora sale unos doscientos dólares.

El capricho de la historia hizo que primero nacieran las ideas y luego las herramientas para poder alcanzar esas ideas.

Pero ustedes me dirán que tenemos las ideas, tenemos las herramientas, pero nos falta el periodismo que las una. Pues muchas veces lo que vemos en nuestros países no nos agrada.

En especial, hay un fantasma que recorre la profesión periodística en America Latina, tanto en las grandes urbes como en las mas pequeñas, que lo podemos calificar como el periodismo populista.

Este periodismo populista ha contribuido a consolidar una profesión de baja calidad, y lo puedo definir de la siguiente manera:

Un periodista populista es un político con micrófono, que tiene una explicación para todo, que no cree que tenga que aprender nada, y quiere explicar lo que ocurre con una gran carga moral; este periodista esta lleno de lugares comunes, cliches, estereotipos y recita mitos sin pausa. Es el periodista que cubre como un simpatizante más las protestas con las que coincide, y no le importa entender las razones de las protestas con las que no coincide. Es un periodista de consigna, que tiene boca grande para hablar, y tiene los oídos cerrados para escuchar. Se pone por arriba del entrevistado para corregirlo; más que entenderlo, lo subestima, a veces lo desprecia, es simplificador, sensacionalista, polarizador, no reconoce matices, suele tener muy poca información y sesgada, y no tiene ninguna voluntad de ofrecer un contexto completo y matizado a nada de lo que dice.

Por supuesto, también tiene virtudes: es un gran comunicador, sabe percibir las preferencias sociales, y puede tener una especial fineza para adivinar los tiempos políticos. Por lo tanto, es un gran político, un gran comunicador, pero un pésimo periodista. La región tiene muchos grandes comunicadores que son muy malos periodistas, y por desgracia muy buenos periodistas que son malos comunicadores.

Todas estas características los convierten a estos periodistas populistas en los primeros voluntarios disponibles para las guerras mediaticas.

Quizás la ideología más frecuente del periodismo populista es la antipolítica, el desprecio generalizado por los políticos, que suele ser tan popular. Es lo mismo que hace un partido populista, al despreciar y agraviar a todo lo que se le opone.

Una típica escena latinoamericana incluye un gobierno populista enfrentándose a un periodismo populista. Eso es un laberinto sin salida. Esa es la muerte del lenguaje democrático, la aniquilación de la palabra.

Algunos pensaran que muchas de las características de este periodismo populista son clásicos recursos del lenguaje político. Y es verdad. Pero son lenguajes que tienen objetivos diferentes. El lenguaje político tiene que agregar voluntades, minimizar matices, ocultar diferencias para armar alianzas que aumenten su poder político, y construir grandes simplificaciones movilizantes; por su parte, el lenguaje periodístico tiene que desarmar esos lenguajes políticos para mejorar el régimen de verdad que una sociedad tiene. Si el periodismo se convierte solamente en una plataforma de promoción o de circulación de los lenguajes políticos circulantes, la posibilidad de los ciudadanos de saber y entender realmente la vida pública, se hace más difícil.

 

La reinvención del periodismo profesional

Creo que finalmente estas dos paradojas son convergentes. Si bien el periodismo se está marginalizando, por el otro lado está recibiendo herramientas impensables para conectarse más y mejor con los ciudadanos. Este es el desafío que la profesión tiene por delante. No es un desafío de los dueños de los medios, o de los expertos en management. Aunque ellos por supuesto deberán ser complementarios al esfuerzo de relocalizar al periodismo en la vida democrática.

Mi intención es argumentar que el periodismo puede ser un factor de estabilización de un régimen democrático, y no de su ingobernabilidad. Y no me estoy refiriendo a construir un bloque de medios afín a los gobiernos, que les dé una voz supuestamente fuerte para sostener su legitimación.

Por el contrario, me refiero a pensar un marco profesional superador para el periodismo profesional. Hay que pensarlo desde la situación concreta del periodista latinoamericano, y sin ningún tipo de colonización teórica (Torrico, 2016)

Pero es un desafío en primer lugar para el periodismo, que debería reinventar la profesión, como ha ocurrido frente a cada nuevo tipo de medio que se creó en la historia. Por supuesto es un proceso difícil e incierto (Waisbord, 2017).

Se trata de un rediseño del campo profesional, que es una configuración compleja de actores, muchos de los cuales están entrelazados en distinto grado con el gobierno y otros con la oposición. En nuestros países, gran parte del periodismo profesional realmente existente es parte de los recursos disponibles de los líderes políticos (Riorda, 2017). Son alianzas complejas similares a las que existían en el siglo 19, donde una fuerza política tenía que lograr acumular una dotación de recursos mediáticos para poder alcanzar y sostenerse en el poder. Sabemos que en la configuración del sistema nacional muchas veces el periodismo profesional es una rareza en el territorio y solo puede encontrarse en los principales centros urbanos (FOPEA, 2015).

Desde esta perspectiva, entendiendo como dice Waisbord, que una redefinición de la profesión tiene que ver con “las necesidades de la vida pública en momentos particulares”, propongo cuatro ideas para reorganizar nuestro campo profesional (Waisbord, 2017):

  • (1) Entender al periodismo como una profesión democrática

La primera clave para esta revitalización de la profesión es entender que la relación entre periodismo y democracia no es condicional, sino determinante. Hay algunas profesiones que pueden desarrollarse al máximo en el interior de una dictadura. Se podía ser un gran arquitecto o un gran ingeniero en el interior de la Unión Soviética, o en la China de Mao, o en la Italia fascista o la Alemania nazi. Pero no se puede hacer gran periodismo en el interior de una dictadura. Existen limitaciones insalvables para consultar a todas las fuentes, obtener la documentación necesaria, y narrar con la suficiente libertad posible. Por supuesto que ha habido y hay ahora periodistas heroicos que hacen lo imposible por ejercer su profesión bajo el techo de las dictaduras, pero su producto final es incomparable con el que puede producir un periodista que vive en una democracia con todas las libertades disponibles.

Esto hace al periodismo una profesión democrática, una profesión que solo puede desarrollarse si existen esas libertades civiles y políticas. Si esto es así, la primera responsabilidad profesional del periodismo es la defensa de la democracia, porque la profesión debe en primer lugar defender el contexto que hace posible su desarrollo como profesión (Ruiz, 2014).

De esa forma, el periodismo debe construir criterios de seguridad democrática, evitando ser artífice de la ingobernabilidad, e instrumento ciego de actores que en forma consciente o no, empujan al régimen al abismo. Los gobiernos latinoamericanos cuando comienzan su mandato se suben a un puente colgante entre dos montañas e intentan llegar como pueden hacia el otro lado. El periodismo no es defensor de los gobiernos, pero sí tiene una responsabilidad especial en su cuidado si la caída de un gobierno está atada a la caída democrática. Este argumento es muy delicado pues, como dice José Luis Exeni para el caso boliviano, el “trauma de la ingobernabilidad” se convierte en un aliciente para tolerar muchas cosas que son intolerables, lo que termina degradando seriamente la vida pública (Exeni, 2005).

En América Latina hay grandes periodistas. Quienes revisen los premios COLPIN al periodismo de investigación, o los FNPI, tendrán muchos grandes ejemplos en cada uno de los países de la región. Pero la verdad es que la construcción de la profesión periodística parece tener una velocidad similar a nuestra construcción democrática.

  • (2) La legibilidad de los gobiernos democráticos.

El profesor francés Pierre Rosanvallon sugiere que ha retornado la visibilidad del monarca del antiguo régimen, lo que quiere decir una visibilidad sin legibilidad (Rosanvallon, 2015).

Rosanvallon considera que la presidencialización de las democracias –a la que dice contribuyó la televisión– no ha sido exactamente un proceso de democratización, sino que tiene algo de antiguo régimen. Antiguo régimen, en el sentido de los monarcas absolutos previos a la revolución francesa. Considera que hay una mayor visibilidad presidencial, pero esa visibilidad no necesariamente está acompañada de legibilidad, de comprensión de lo que ocurre.

Luis XIV realizaba toda su vida en público en el Palacio de Versailles y la prensa de la época registraba varias de sus actividades. Pero esa visibilidad no incluía su proceso decisorio, las reuniones de su gobierno, ni nada que pudiera dar una idea cercana de su gobierno real.

De alguna forma, dice Rosanvallon, hemos vuelto a esas monarquías, donde una figura atrae toda la visibilidad, pero no necesariamente se produce una apropiación democrática, en la que el pueblo está enterado de lo que hace efectivamente ese gobierno.

La falta de legibilidad separa a la gente de la democracia. Cuando se da este contraste entre la visibilidad que crece y la legibilidad que disminuye, aumenta posiblemente la desconfianza y el desencanto.

Vemos al rey en escena, pero no entendemos la política pública. La legibilidad es la capacidad de interpretar y entender la vida pública lo suficiente para poder ejercer nuestros derechos y obligaciones como ciudadanos. Si no llegamos a este nivel, es que el periodismo no ha cumplido su rol de escalera para que la gente suba y entienda la política pública que la afecta.

Hoy la prensa es uno de los mecanismos a través del cual la sociedad se apropia o no de su presidente-monarca. Sin embargo, la prensa es muchas veces un actor que potencia la visibilidad en contraposición a la legibilidad, y así se aumenta la distancia. Si la apropiación democrática tiene que ver con mayor proximidad, la prensa construye a veces lejanía.

A veces las rutinas periodísticas potencian esa visibilidad insustancial, y esquivan la visibilidad sustantiva, aumentando así la distancia democrática.

Las noticias nos muestran los movimientos personales y políticos de la figura presidencial y de su familia y corte real, pero en mucha menor medida hincan el diente en la comprensión cabal de la gestión pública. Si son oficialistas, se convertirán casi en la extensión del protocolo presidencial; si son opositores, no tendrán ninguna intención de entender las políticas públicas, sino solo de destruirlas. Por lo tanto, ni unos ni otros hacen un gran favor a la calidad democrática.

Es muy importante que se incorpore a la cobertura periodística de los gobiernos la distinción entre politics y policy. Como ustedes saben politics es la actividad política propiamente dicha, y policy son las políticas públicas específicas que cada gobierno lleva a cabo. Cuando la cobertura de la actividad gubernativa hace solo hincapié en la politics del gobierno, contribuyen a la distancia con la ciudadanía; en cambio, cubrimos esa grieta en la medida en que la cobertura es más sustantiva de las policies, las políticas públicas.

Un gobierno es la suma de sus políticas públicas y de su actividad política, por lo tanto es la suma de sus policies y de sus politics: se trata de abrir esa caja negra, e intentar entenderla. Entender una política pública en América Latina no es sólo utilizar los eslóganes que usan tanto el oficialismo como la oposición para rotular esa política pública, sino sobre todo entender la red de actores estatales y no estatales que conforman la cadena de valor de esa política pública.

La política pública no es la figura del poder ejecutivo, es una red compleja de actores, que hay que intentar conocer y describir. La política  educativa, la política de seguridad, la política social, no son sólo decisiones presidenciales –que por otro lado tienen un grado difuso de cumplimiento dado que tenemos una baja calidad estatal. Las figuras presidenciales monopolizan el juicio sobre las políticas públicas, a veces acompañadas por los ministros, pero la realidad es que la política pública tiene una muy superior complejidad que lo que esa personalización implica. Así como la verdad en la guerra surge cuando se deja de consultar solo a los generales y se baja en la consulta por la línea de mando hasta los soldados, de la misma forma ocurre en las políticas públicas que nuestro estado ejecuta. La política pública realmente existente en un país trasciende por mucho las ocasionales directivas de un jefe de estado que suele estar muy lejos de la ejecución real de una política pública.

Entender al gobierno como una constelación de voces, y no como una voz única, ayuda a hacer más comprensible la política.

Por lo tanto, uno de los caminos para darle más legibilidad a los gobiernos es contradecir la tendencia a la personalización de la cobertura, desconcentrándola de la figura presidencial.

  • (3) La legibilidad de la desconfianza en los gobiernos democráticos

Esta tercera idea tiene que ver con cómo el periodismo presenta a la sociedad opositora.

Las sorpresas del plebiscito colombiano sobre la paz, el voto a favor del Brexit o la victoria de Trump, tienen que ver con un esfuerzo insuficiente en leer los humores de amplios sectores sociales. Pocas veces la opinión de las personas ha alcanzado el nivel de materialidad que tiene hoy con internet, pero eso no parece habernos dado una mayor capacidad de entender a la opinión pública. Tenemos mucha más información sobre ella, pero no necesariamente la entendemos mejor.

Como dice Rosanvallon, gran parte de la historia democrática tiene que ver con la desconfianza hacia los gobiernos (Rosanvallon, 2007). Este es un campo inmenso de la vida democrática.

En esta situación, el buen periodismo funciona como un eficaz agregador y racionalizador de las protestas a veces difusas en esa sociedad. Desde ese punto de vista, el periodismo puede ser también un equilibrador de las asimetrías de poder, en la medida en que en su ethos profesional priorice valores cívicos y sociales. Y así puede darle el poder de la visibilidad a actores que defienden reclamos justos, y equilibrarlos con los reclamos de los sectores más poderosos y organizados, cuyos reclamos son siempre muy visibles. Desde ese punto de vista, el periodismo puede evitar que “voceros autorizados monopolicen las escenas de la representación”, aunque generalmente las rutinas profesionales tienen el sesgo de cristalizar en personajes determinados la representación de los sectores.

La cobertura de las movilizaciones es una gran oportunidad para intentar una mayor legibilidad de la desconfianza. Pero muchas veces la cobertura está condicionada por su opinión previa o la de su medio. Si está  a favor de esa manifestación hará  una cobertura protocolar, dando la cantidad de asistentes que dicen los organizadores, repitiendo sus consignas, y dándole voz a sus organizadores; y si está en contra de esa manifestación, hará  una cobertura opositora: intentará hablar con algunos asistentes para encontrar sus contradicciones, mostrará los exponentes más radicalizados de esa protesta, e intentará si puede describir elementos que deterioren y deslegitimen esa protesta. Cualquiera sea la actitud, ni la cobertura protocolar ni la cobertura opositora sirven para describir esa protesta. No nos ofrecen la posibilidad de tener una mayor legibilidad de la desconfianza a ese gobierno. Ninguna de las dos actividades descubre sino que encubre, pues nadie nos explica. Igual que con las políticas públicas: los periodistas hablan mucho de ellas, pero son pocos los que nos ayudan a entenderla.

  • (4) La creación y articulación de la lengua democrática e igualitaria.

La cuarta idea tiene que ver con la creación y articulación de una lengua democrática e igualitaria.

Una lengua igualitaria y democrática quiere decir una lengua que sirve para explicar en forma comprensible los principales temas de la vida pública a todos los ciudadanos, más allá de la educación formal que tengan.

La producción de ese lenguaje es colectiva, pero el periodismo profesional tiene un rol central.

Rosanvallon habla de la palabra pública como algo parecido a una lengua muerta, donde el discurso está vaciado de sentido, y no tiene ni integridad ni hablar de veracidad. Y eso Rosanvallon lo ve tanto en los discursos de campaña electoral, como en los discursos durante la gestión gubernamental (Rosanvallon, 2015).

Sabemos que gobernar es también hablar, y que en gran medida el ámbito efectivo del gobierno, es el ámbito donde llega efectivamente esa voz. Sabemos desde Aristóteles hace 24 siglos que un gobernante que no comunica hasta los límites de una ciudad, no gobierna. Además, a nadie le sirve una lengua muerta. Rosanvallon dice que la integridad y el hablar veraz construyen confianza, legitimidad, y agrego yo, gobernabilidad. Si las personas entienden que en el lenguaje publico hay integridad y veracidad, lo toman para expresar lo que ellos viven, les permite hablar de su experiencia política. Dice también Rosanvallon que les permite a los ciudadanos incrementar el control sobre su existencia política y construir una relación positiva con la política. Y que el lenguaje político está en el centro de la creación de un vínculo de confianza entre gobierno y ciudadanía.

Todo actor político es cocreador de la lengua. Los movimientos sociales, los grupos defensores de derechos, los promotores de intereses, todos aportan palabras a nuestro diccionario político común. Seguramente no hay actor político que haya tenido mediano éxito que no haya sido capaz de agregar palabras y expresiones al diccionario de la lengua política de su comunidad.

Por todo esto digo que, en gran medida, el buen periodismo es un proceso de recreación de la lengua. Este es un enorme desafío pues las sociedades latinoamericanas son socialmente duales, fracturadas, y la creación de una lengua igualitaria tiene que ser usada desde ambos lados de la grieta social. Son sociedades Belgindia, como decía el economista brasileño Edmar Bacha: una parte de la sociedad vive como en Bélgica, otra como en India. Se trata entonces de recrear una lengua igualitaria que sea capaz de tener la vida suficiente para ser apropiada por ambos lados de la grieta social.

Bolivia, por ejemplo, tiene una enorme tradición de comunicación popular, quizás la más rica de América  Latina. La historia de las radios mineras e indígenas posiblemente no tiene comparación con el resto de los países de la región. Pero acá, en Bolivia y en el resto de América Latina, ahora la democracia necesita una tradición de comunicación universal, donde se llega a todos los sectores de la sociedad. Una tradición de clase media muy fuerte en muchos países de América Latina a veces le da un sesgo clasista a ese supuesto idioma común, y evita que sea efectivamente universal en la comunidad.

También  en la lengua se va preanunciando lo que me gusta llamar la dimensión  periodística de los derechos, esa capacidad de los medios de fortalecer el reclamo de victimas  que piden por sus derechos

Desde este punto de vista, cada democracia tiene que crear su propia lengua política igualitaria, aquella que permite hacer comprensible a toda la ciudadanía las cuestiones cruciales de la vida pública.

Estas serían entonces las cuatro ideas propuestas para debatir sobre cómo reiniciar la profesión democrática:

  • Reconocer al periodismo como una profesión democrática y establecer criterios de seguridad democrática.
  • Hacer que los gobiernos sean tan legibles como son de visibles. No solo hay que ver los gobiernos, sino entenderlos.
  • De la misma forma que se hace legible a los gobiernos, también se debe hacer legible la otra mitad de la vida democrática, que es la desconfianza a esos gobiernos.
  •  Recrear un lenguaje igualitario y democrático que le sirva a toda la comunidad, y no solo a una parte.

Para terminar, esta reinvención del periodismo está relacionado con la reconexión del periodismo profesional con la comunidad entera, y no con una de sus partes. Se trata de que, así como otras grandes instituciones de la democracia, el periodismo pueda estar un poco más alejado de los conflictos partidarios y más cercano al terreno común por encima de esas diferencias.

Después de los electores que fueron los lectores en la era de los diarios, a los oyentes de la radio del surgimiento de la democracia de masas, a las grandes audiencias de los acontecimientos mediáticos de la televisión (Katz y Dayan, 1995), la explosión digital está produciendo nuevas formas de representación política, aunque todavía nos cueste verlas con claridad.

Ese no es solo un momento de redefinición del periodismo, sino también de la democracia. Como nos enseñó McLuhan, la llegada de un nuevo tipo de medio redefine el ambiente y nuestro entorno sensorial en forma radical (Scolari, 2015). Si la vida pública tiene ahora un molde digital, no solo el periodismo sino también la democracia está buscando su nueva forma.

 

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